06-Barba Azul
Hace mucho tiempo hubo un hombre que tenía preciosas casas, tanto en la
ciudad como en el campo, cubiertos de oro y plata, muebles labrados, y sus
coches todos dorados. Pero desgraciadamente este hombre tenía la barba azul, lo
que lo hacía verse tan espantoso y tan terrible, que toda mujer, joven o adulta,
corría alejándose de él.
Una de sus vecinas, una dama de gran calidad, tenía dos hijas que eran
perfectas bellezas. Él le pidió a una de ellas por esposa, dejando que ella
decidiera a cual le encomendaría. Ninguna de ellas quería aceptarlo, y lo
mandaban de aquí para allá, de una a la otra, ninguna capaz de adaptar su
mente a estar casada con un hombre que tiene una barba azul. Otra cosa que las
hacía adversarlo fue que él ya se había casado siete veces, y nadie sabía
que había sucedido con sus anteriores esposas.
Barba Azul, para ser mejor apreciado, las invitó, junto con su madre y tres
o cuatro de sus mejores amigas, y alguna gente de la vecindad, a pasar una
semana entera en uno de sus sitios campestres.
Allí, no había otra cosa más que bellas fiestas de placer, cacería,
pesca, danza, y alegría en toda actividad. Nadie se acostaba temprano, y
pasaban la noche probando como verse mejor. En resumen, todo tenía tanto éxito
que la más joven de las hijas, subyugada por tanta riqueza, comenzó a
pensar que la barba del dueño de la casa no era tan azul, y que él era un
hombre muy caballeroso. Así que cuando regresaron a casa, se efectuó la boda.
Como un mes después Barba Azul le dijo a su esposa que se sentía obligado a
hacer un viaje por el país de por lo menos seis semanas, ya que eran negocios
de gran importancia. Él le deseó que se divertiera bien durante su ausencia,
llamara a sus amigas, fueran de nuevo al campo si lo quisiera, y que viviera
bien dondequiera que ella se encontrara.
-"Aquí"- dijo él, -"están las llaves de las dos grandes
bodegas donde tengo mis mejores valores: éstas son del cuarto donde guardo mis
platos de oro y plata, que no uso a diario; éstas abren mis cajas de seguridad,
que contienen mi fortuna, tanto de oro como de plata; éstas son de mis cofres
de joyas; y ésta es la llave maestra de todos mis apartamentos. Pero esta llave
pequeñita, es la llave del cuarto que está al final de la galería, en el
segundo piso. Puedes usar todas y abrir cuanto quieras, pero en cuanto a la
pequeñita del cuarto al final, te prohibo rotundamente que la uses, y te
prometo con todo rigor, que si la usas y lo abres, no hay nada que no puedas
esperar de mi enojo.
Ella prometió obedecer exactamente todas sus órdenes, y él, después de
abrazarla, montó en su coche iniciando su viaje.
Sus vecinas y buenas amigas no esperaron a que la recién casada joven las
llamara para ir a visitarla, pues muy grande era su impaciencia por ver todas
las riquezas de la casa, a la que no se atrevían a ir mientras su esposo
estuviera allí, pues su barba azul las atemorizaba.
Sin perder tiempo ellas revisaron todos los cuartos, gabinetes, armarios,
mesas, muebles, que eran todos tan finos y ricos, que cada uno parecía
sobrepasar a los otros. Luego pasaron a las bodegas, donde estaban los mejores y
más ricos muebles, y no dejaban de admirar suficientemente las alfombras,
camas, tapicería, mesas y sillas, y grandes espejos para verse de cuerpo
entero. Algunos de estos espejos tenían marcos de cristal, otros de plata o de
oro, lo más bello y magnífico nunca visto.
Ellas no cesaban de alabar y envidiar la felicidad de su amiga, quien
mientras tanto, no estaba tan interesada en mirar todas esas ricas cosas, sino
que estaba toda impaciente en ir y abrir el último cuarto en el segundo piso,
el prohibido. Su curiosidad aumentaba rápidamente, y sin considerar lo
incorrecto que era dejar abandonadas a sus amistades, corría por las escaleras
tan exitada que dos o tres veces tropezó a punto de romperse algún hueso,
hasta que llegó a la habitación. Al frente de la puerta se quedó quieta por
unos momentos, meditando sobre la orden que le había dado su esposo, y pensando
en la infelicidad que le traería como consecuencia su desobediencia, pero la
tentación era tan enorme que no pudo desecharla. Entonces tomó la pequeña
llave y abrió la puerta, toda temblorosa. Al principio no veía nada pues las
cortinas estaban cerradas. A los pocos segundos comenzó a percibir la presencia
de siete cuerpos de mujer muertas, repartidas en el piso. (Esas eran las esposas
anteriores de Barba Azul, con quienes se había casado, y luego asesinado a
causa de su desobediencia a sus órdenes de no abrir el cuarto prohibido.) Ella
pensó que seguramente moriría de pánico, y la llave, que había quitado de la
cerradura, cayó de sus manos.
Una vez recuperada del golpe emocional, recogió la llave, cerró la puerta y
regresó a su habitación a arreglarse, pero no sentía alivio, pues estaba
aterrorizada.
Habiendo observado que la pequeña llave se había manchado, ella trató
varias veces de limpiarla, pero la mancha no se iba. En vano la lavó, e incluso
la restregó con jabón y arena. La mancha permanecía, ya que era una llave
mágica que jamás podría limpiar. Cuando la mancha se quitaba de un lado,
volvía por otro.
Barba Azul retornó de su jira esa misma tarde, y dijo que había recibido un
mensaje en el camino de que el negocio que iba a tratar, había concluído a su
favor anticipadamente. Su esposa hizo todo lo que pudo para convencerlo de que
esta muy feliz con su pronto retorno.
A la mañana siguiente le pidió a ella las llaves, quien se las dió, pero
con una mano tan temblorosa que a él no le quedó duda de qué había pasado.
-"¿Cómo es que la llavecita de mi cuarto al fondo, no está entre
todas estas?"- preguntó.
-"Seguramente"- dijo ella, -"la dejé arriba sobre la
mesa."-
-"No falles"- dijo Barba Azul, -"en traérmela
efectivamente."-
Después de varios intentos por evadir el asunto, ella se vio forzada a
entregarle la llave. Barba Azul, habiéndola examinado, le dijo:
-"¿Cómo llegó esta mancha a la llave?"-
-"No lo sé."- respondió la pobre mujer, más pálida que un
papel.
-"¡Que no lo sabes!"- replicó Barba Azul. -"Yo lo sé muy
bien. Deseaste entrar al cuarto prohibido. Muy bien señora, vas a entrar allí
también, y tomar tu lugar entre las damas que ya viste."-
Ella se lanzó llorando a los pies de su esposo, y le rogó la perdonara, con
todos los signos de un verdadero arrepentimiento por su desobediencia. Ella
podría haber derretido hasta una roca, tan tierna y tan triste que estaba, pero
Barba Azul tenía un corazón mucho más duro que una roca.
-"Tendrás que morir, señora"- dijo él, -"y ya de una
vez."-
-"Ya que debo morir"- contestó ella, mirándolo con sus ojos todos
inundados de lágrimas, -"dame un poco de tiempo para decir mis
oraciones."-
-"Te daré un cuarto de hora, pero ni un momento más."- replicó
Barba Azul.
En cuanto estuvo sola, llamó a su hermana, y le dijo:
-"Hermana Ana"- cual era su nombre, -"ve arriba, te lo
imploro, a la cumbre de la torre, y mira si nuestros hermanos vienen. Ellos
prometieron que hoy vendrían, y si los ves dales una señal de que se
apresuren."-
Su hermana Ana subió a la torre, y la pobre afligida esposa de vez en cuando
gritaba:
-"Hermana Ana, ¿ves a alguien llegando?"-
Y la hermana Ana contestaba:
-"No veo nada más que el sol, algo de polvo, y los verdes
pastos."-
Mientras tanto Barba Azul, sosteniendo un gran sable en sus manos, le
gritaba a su esposa, tan alto como podía:
-"¡Baja inmediatamente, o yo iré allá por tí!"-
-"Sólo un momento más, por favor."- decía su esposa, y entonces
gritaba suavemente -"Ana, hermana Ana, ¿ves a alguien llegando?"-
Y la hermana Ana respondía:
-"No veo nada más que el sol, algo de polvo, y los verdes
pastos."-
-"¡Baja rápido!"- gritaba Barba Azul, -"¡o yo iré allá
por tí!"-
-"¡Ahí voy"- contestaba ella, y de nuevo gritaba:
-"Hermana Ana, ¿ves a alguien llegando?"-
-"Ahora veo"- replicó Ana, -"una gran polvareda, que viene de
este lado."-
-"¿Serán nuestros hermanos?"-
-"¡Oh, no, hermana!, es una manada de ovejas"-
-"¿No vas a bajar?"- gritaba Barba Azul.
-"Sólo un momento."contestaba su esposa. -"Hermana Ana, ¿ves a alguien llegando?"-
gritaba por otro lado.
-"Yo veo"- dijo la hermana, -"dos hombres a caballo, pero un
poco distantes."-
-"Bendito sea Dios"- replicaba la pobre esposa y con mucho gozo,
-"son nuestros hermanos. Les haré una señal lo mejor que pueda para que
se apuren."-
Entonces Barba Azul vociferó tan tremendamente que hizo temblar a todo el
edificio. La sentenciada esposa bajó y se postró a sus pies, toda en
lágrimas, con su cabello sobre sus hombros.
-"Nada de eso te ayudará"- dijo Barba Azul, -"debes
morir."-
Entonces, levantándola por el cabello con una mano, y elevando su espada en
el aire con la otra mano, estaba ya a punto de cortarle la cabeza. La pobre
dama, volviéndose hacia él, y mirándolo con lastimosos ojos, le pidió le
concediera unos pequeños instantes para sus pensamientos.
-"¡No, no!"- dijo él, -"encomiéndate ya a Dios."- y de
nuevo levantó su brazo.
En ese momento se escuchó tan gran escándalo y golpeteo en la puerta
principal, por lo que Barba Azul paró de inmediato. La puerta fue abierta, y
bruscamente entraron dos jinetes, quienes, espada en mano, se dirigieron
directamente a Barba Azul. El reconoció que eran los hermanos de su esposa, uno
un soldado de caballería, y el otro un mosquetero. Él quiso huir rápidamente,
pero los hermanos lo seguían tan cerca que lo alcanzaron antes de que llegara
al portal. Ellos blandieron sus espadas contra su cuerpo, y lo dejaron muerto.
La pobre esposa estaba casi tan muerta como su esposo, y no tenía fuerzas
suficientes para levantarse y dar la bienvenida a sus hermanos.
Barba Azul no tenía herederos, así que su esposa pasó a ser la poseedora
de todos sus bienes. Ella usó una parte para ayudar en la boda de su hermana
con un joven caballero que la amaba desde hace un largo tiempo, otra parte para
ayudar a sus hermanos en sus carreras militares, y el resto para su propia boda
con un noble y gentil caballero, quien la hizo olvidar el horrible pasado con
Barba Azul.
Enseñanza:
El machismo y la violencia doméstica contra las esposas, debe ser denunciado
inmediatamente a la justicia, para que el responsable sea juzgado y condenado
como se merece.

Illustración
de Barba Azul
por Gustave Doré
1832- 1883
|